Abstención

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Con carácter general podemos definir la abstención como la ausencia  en las actividades voluntarias mediante las cuales los ciudadanos intervienen en la selección de los gobernantes, en la toma de decisiones, en el ejercicio del control político y en la formación de la política gubernamental. También podríamos entender, desde una perspectiva negativa y con carácter mucho más general, que la abstención podría consistir en la ausencia de participación en el ámbito político. Esta no participación en el ámbito político podría catalogarse, de manera mucho más exhaustiva, como de apatía, desafección, o incluso de abstencionismo en el campo estrictamente electoral. En este sentido tendríamos que recordar la definición clásica de VERBA, NIE y KIM (1978,1) [1] según la cual la participación encuadraría las acciones realizadas por ciudadanos privados que están en alguna medida dirigidas a influir la selección del personal gubernamental o sus actividades, a introducir nuevos temas en la agenda, y/o a cambiar los valores y las preferencias conectadas directamente con la toma de decisiones políticas.

Desde una perspectiva estrictamente electoral, y centrándonos en los aspectos positivos de la abstención, ésta se podría entender como el porcentaje de quienes, teniendo todo el derecho, no concurren a las urnas el día de la votación. Con ello estaríamos vinculando directamente la abstención política a la abstención electoral. El abstencionismo podemos así considerarlo como uno de los indicadores más simples, pero más explicativos y expresivos de los distintos tipos de orientaciones políticas de los ciudadanos.

Tipos de abstención

Podemos distinguir, siguiendo a Arnaldo Alcubilla (2005; 2-3)[2], hasta cuatro tipos de abstención: técnica, política, apática y cívica o racional. En primer lugar la abstención técnica, o estructural, será aquella que es motivada por razones no imputables al ciudadano con derecho al voto. Entre las causas que podrían estar en la origen de este tipo de abstención electoral se podrían citar la ausencia de la residencia registrada, defectos censales, indisponiblidad o enfermedad e imposibilidad de transporte al colegio electoral, entre otras. En segundo lugar la abstención política, que pone de manifiesto una voluntad expresa de rechazo al sistema político o la convocatoria electoral (“abstencionismo de rechazo”), o también, como agrega este autor “de no identificación con ninguno de los líderes o programas políticos en competencia electoral, convirtiéndose la abstención, que podríamos denominar activa, en un acto de desobediencia cívica”. La denominada, en tercer lugar, como abstención apática, podríamos entenderla, en sentido estricto, como la desafección, es decir, como aquella basada en “la falsa convicción de la escasa importancia del voto individual y la ignorancia de las fuertes consecuencias de la abstención”. Por último incluiríamos la denominada abstención cívica, también llamada abstención racional, como aquella en la que el ciudadano deja de participar en la elección una vez considerados los costos y beneficios de acudir a las urnas. Este tipo de abstención supone un rechazo de la política, o de los políticos, en su conjunto. Incluso hay quien entiende que  se podría llegar a participar en el acto electoral, pero sin pronunciarse a favor de ninguna de las opciones políticas en pugna. Para ello se suele emitir el voto en blanco o, incluso, también se podría considerar como sufragio potencialmente anulable.

Además podríamos añadir hasta otros tres tipos más de abstencionistas en función de la base  o soporte de su no participación. En primer lugar podríamos hablar de los abstencionistas que lo llegan a ser motivados por su carencia de recursos personales, como ingresos, educación y otros factores socio-económicos, que la práctica política ha demostrado sociológicamente que impulsan la participación. En este caso estaríamos hablando de la abstención socio-económica. En segundo lugar podríamos añadir a los abstencionistas que sobre la base de sus orientaciones hacia la política consideran a ésta como alejada de sus preocupaciones y, en todo caso, otorgándole una muy baja eficacia a su implicación en la votación. Sería la denominada abstención socio-psicológica. Por último, podríamos también añadir una tercera modalidad de abstención denominada como contextual. Ella integraría a los abstencionistas no atraídos, sino más bien alejados, por las campañas, ni tampoco por la competencia entre los candidatos o los partidos.

En un análisis sistémico de la abstención, se han apuntado también una serie factores “macropolíticos” que se  considerarían  como favorecedores o alentadores  de la no participación. Entre ellos podríamos mencionar los factores legales (censo electoral voluntario, existencia o no del voto obligatorio, diseminación terrotorial de los colegios electorales, entre otros); el sistema de partidos (número de partidos concurrentes y número efectivo de partidos, competitividad y polarización del sistema); principales características de los partidos (fragmentación consolidada del sistema de partidos, segmentación de la sociedad por cleavages políticos) y, finalmente, características del sistema político en cuestión, tales como el grado consolidación o distribución de los espacios participativos, entre otros.
En atención a todo ello se podrá convenir, de acuerdo con J.M. Reniu (2009)[3],  “que la abstención se configura como un elemento difícil de determinar por lo volátil de los factores que influyen en dicho comportamiento”. La abstención, desde esta consideración de los factores volátiles determinantes de la misma, podría ser analizada desde tres ópticas diferenciadas: una técnica o forzosa, otra sociológica y, finalmente, otra perspectiva política. Habiendo hecho ya referencia a la óptica técnica o forzosa y a la sociológica, vamos a centrarnos ahora en la perspectiva política. El abstencionismo político o activo “es el que centra el interés de los estudiosos de la materia en tanto en cuanto que se configura como un vehículo de expresión del descontento, de la desmotivación o, según las interpretaciones, de la aceptación y consentimiento de los gobernados respecto de los gobernantes”. Este abstencionismo activo, también tildado como de rebelde, suele responder a personas políticamente activas, que siguen con atención la vida política pero se encontrarán en una “situación de duda, a lo que no serán capaces de encontrar salida”. No podríamos considerarlo, ni mucho menos, como un abstencionista pasivo, sino que se encuentra en una situación que le hace imposible decantarse por una opción política al carecer de argumentos determinantes para optar por alguna de las opciones en concurrencia.

Tal tipo de comportamientos y los individuos que los protagonizan “pueden resultar decisivos en elecciones cuyos resultados sean inciertos, puesto que una mayor percepción de utilidad de su voto podrá, sin duda, motivarles a participar”. En cualquier caso, este tipo de abstencionista, que opinión de este autor no sobrepasaría el 15% del total de la abstención, centraría buena parte de los objetivos de target de las campañas electorales ya que su posición volátil le hace previsible consumidor no sólo del voto, sino también de una opción política determinada.

En relación con los caracteres sociodemográficos de los abstencionistas se ha destacado (Pasquino, 1980; 1)[4] que existen unos factores favorecedores o alentadores del mismo como son, entre otros, a) el bajo nivel de instrucción; b) el sexo femenino; y, por último, c) la edad avanzada o muy jóvenes. Esta consideración realizada por el autor italiano en la década de los ochenta, podría quedar, hoy en día, más o menos relativizada. En efecto se ha demostrado ya reiteradamente que ninguna de esta tres causas lo son de manera permanente y atemporal motivadoras o propiciadoras de la abstención.

Los umbrales óptimos de abstención

La fijación de unos umbrales óptimos de participación para el desarrollo de los sistemas democráticos se ha constituido en una cuestión nada pacífica en las diferentes aproximaciones que desde la Ciencia Política se han efectuado a la misma. Así desde la teoría participativa clásica (McPherson, Pateman, Barber) se consideraría que tras la no participación, en general, y tras la abstención, en concreto, no habría otra cosa que insatisfacción y distanciamiento de la política. Desde estas posiciones, como han sintetizado Anduiza y Bosch (2005, 34)[5],  se entenderá que la calidad de la democracia será mayor en la medida en que la abstención sea menor, logrando una más óptima implementación de las decisiones públicas ya que el grado de consenso en torno a las mismas será mucho mayor. Por su parte, desde posiciones que podríamos considerar como parte de la teoría elitista, la no participación o el abstencionismo “proporcionado” podríamos considerarlo como una manifestación de “satisfacción con el funcionamiento del sistema político”. Paralelamente se entenderá que la ausencia “radical” de abstención podría entenderse como un indicador de la inestabilidad política ya que el sistema estaría sometido a una sobrecarga de demandas de difícil satisfacción. En esta última posición podríamos encontrar las formulaciones de Joseph Shumpeter, Giovanni Sartori o Samuel Huntington.

En la práctica, los niveles experimentados de abstención variarán considerablemente en atención a los contextos en los que estos se producen o, mejor, de los tipos de culturas políticas dominantes en cada momento y contexto. Así, en la segunda mitad del siglo pasado la abstención media en Gran Bretaña fue del 25,58%, proporcionando el nivel más bajo en 1950 con el 16,10%, el umbral más alto se lograría en 2001 con el 40,6%. En Francia la abstención más alta tuvo lugar en las elecciones parlamentarias de 2012 donde el porcentaje de no participación en la segunda vuelta fue del 46,74%. En cambio en las elecciones presidenciales francesas de ese mismo año la abstención sólo fue del 19,6%. En Alemania, por su parte, el porcentaje más alto de abstención lo encontramos en 1949 - en las elecciones celebradas inmediatamente después de la II Guerra Mundial, antes de la aprobación la Ley Fundamental de Bonn- con un 21% de los ciudadanos inscritos en el censo. La mínima abstención se produjo en las elecciones de 1972 con solo un 8,9%. En las últimas elecciones de 22 de septiembre de 2013, la abstención se ha situado cerca de los mínimos de de 1949 con un 23%. En Italia, a diferencia de en otro tipo de consultas –locales o europeas- las elecciones parlamentarias siguen constituyendo –a pesar de la eliminación hace más de diez años del voto obligatorio- las que menor abstención generan. Es así como en las últimas elecciones de 24 de febrero de 2013, la abstención logró situarse en tan sólo un 16,6%, una de las cuotas nacionales más bajas del continente europeo. En España y Portugal los índices de abstención más bajos se producen en las primeras elecciones democráticas celebradas después de férreas dictaduras con un 20,8% en las legislativas de 1977 en España y un 8,3% en Portugal en 1975. Tales cotas de abstención aumentaron considerablemente con la estabilización política  de ambos países, llegando en España  hasta  un 31,9% en las legislativas de 1979 y un 31,29% en las de 2000, así como de un 33,7% en las legislativas portuguesas de 1995. En el ámbito latinoamericano, y a pesar de las diferencias institucionales en el ejercicio del derecho al sufragio –sobre todo en lo referente a la obligatoriedad/voluntariedad del voto- con respecto a los sistemas europeos, resalta la equivalencia de resultados de la abstención. La media de abstención de los últimos veinticinco años en veintidós países latinoamericanos fue de 35,22, mientras  que en Europa esa media fue del 32,08. A este respecto resaltan como casos extremos de máxima y mínima abstención el de Colombia y el de Uruguay, respectivamente. En el primer caso con porcentajes superiores al sesenta por ciento de desmovilización y en el segundo,  el de Uruguay, en el otro polo, en donde la abstención no llegaría de media al cinco y medio por ciento en las elecciones parlamentarias de los últimos veinticinco años.

Véase también

Referencias

  1. Verba, S.; Nie, N. y Kim, J. (1978): Participation and Political Equlity. A seven nation comparison. Cambridge University Press. Cambridge.
  2. Arnaldo Alcubilla, E. (1989): “Abstención”. Diccionario Electoral del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH). CAPEL. Costa Rica.
  3. Reniu i Vilamala, J. M. (2009): “Abstencionismo”, en REYES, Román (Dir.): Diccionario Crítico de las Ciencias sociales. Ed. Plaza y Valdés. Madrid-Mexico.
  4. Pasquino, G. (1980): “Abstencionismo” en Bobbio, N.; Mateucci, N. y Pasquino, G. (Dirs.): Diccionario de Política –Suplemento-.Siglo XXI Edtes. Mexico.
  5. Anduiza, E. y Bosch, A. (2004): Comportamiento político y electoral. Ariel. Barcelona.

Bibliografía

Font Fabregas, J. (1995): La abstención electoral en España: certezas e interrogantes. REIS 71-72. Julio-Diciembre de 1995. Madrid. Justel, M. (1995): La abstención electoral en España. CIS. Madrid.

Lipset, S. (1987): El hombre político, Tecnos. Madrid.

Montero Gibert, J.R. (1990): Non voting in Spain: some quantitative and attitudinal aspects. ICPS, WP nº 22. Barcelona.

Thompson, José (2007): “Abstencionismo y participación electoral”, en Nohlen, D.; Zovatto, D.; Orozco, J. y Thompson, J. (Comps): Tratado de Derecho Electoral Comparado de América Latina. Fondo de Cultura Económica. México.

Viros, R. (1994): A qualitative approach to electoral abstention. ICPS, WP nº 98. Barcelona.


Autor de la voz

Juan Montabes Pereira