Efecto arrastre

De WIKIALICE
Saltar a: navegación, buscar

El efecto de arrastre de unas elecciones sobre otras se produce cuando se desarrollan simultáneamente las elecciones presidenciales y las elecciones parlamentarias y se produce un contagio del resultado de las primeras sobre las segundas.

En una elección presidencial a una sola vuelta con mayoría relativa, el impacto de la competición por la presidencia sobre el sistema de partidos es variable y depende en gran medida del calendario electoral (Carey, 1994[1]; Nohlen, 2004: 183-185[2]; Sartori, 1994: 178-179[3]; Shugart y Carey, 1992: 226-258[4]). En este caso, sólo cuando las elecciones presidenciales y legislativas se realizan conjuntamente, el efecto de «arrastre» o de «contagio» resulta significativo y puede emerger un sistema cercano al bipartidismo. Un ciclo electoral con elecciones simultáneas a la presidencia y a la asamblea ejerce una influencia directa en el número de partidos. También en la tendencia (más marcada, sin lugar a dudas, en contextos de tensión y polarización), propia en los distritos uninominales característicos de las elecciones presidenciales, a dividir a los votantes en dos bandos representados por cada uno de los candidatos principales.

Los datos disponibles sugieren que la combinación de un formato de mayoría relativa para la elección presidencial junto a las elecciones legislativas produce un fuerte impacto sobre el sistema de partidos reduciendo su fragmentación. Sin embargo, el incentivo hacia el multipartidismo inherente en las fórmulas de representación proporcional para el Congreso empuja el número de candidatos, de partidos competidores y de partidos parlamentarios «efectivos» por encima de ese bipartidismo «casi perfecto».

Efecto de arrastre a nivel de candidatos y votantes

Estos efectos de arrastre, derivados del grado de dependencia y de la relación de preeminencia y/o subordinación de unos procesos electorales sobre otros, se producen básicamente en dos niveles: en el orden de las expectativas, los cálculos, las percepciones y las estrategias desplegadas por las elites partidistas, y en el nivel de las actitudes y comportamientos electorales desarrollados por los votantes. El gran relieve de la elección de presidente suele producir un fuerte impacto en las orientaciones políticas de los electores: si éstos no dividen en exceso su voto, se traslada automáticamente a la asamblea el alineamiento bipolar de las elecciones presidenciales dirimidas mediante mayoría relativa o plurality, incluso si las reglas electorales para el Congreso son razonablemente proporcionales y favorecen una considerable dispersión en la distribución de escaños y una fragmentación más alta del sistema de partidos.

Este efecto de «arrastre», resultado del grado de dependencia y de la relación de preeminencia o atracción de unos procesos electorales sobre otros, surge cuando se entrelazan diferentes dinámicas políticas en el nivel de las élites y en el nivel del electorado (Crespo y Garrido, 2008)[5]. En el plano de las actitudes y comportamientos de los votantes, la mecánica concentradora del voto, fomentada por la elección presidencial simultánea y la atención de la opinión pública sobre ella, ayuda a reducir el voto cruzado (split-voting) y disminuye la representación de las minorías al decantarse una parte de sus potenciales electores por los candidatos de los grandes partidos, los únicos capaces realmente de alcanzar la presidencia. Este influjo es aún más intenso si los electores disponen de un voto único (como en Honduras o la República Dominicana) y necesariamente las dos decisiones electorales deben estar vinculadas entre sí («straight party voting»). El efecto estructurador de la votación presidencial y del «timing» de las elecciones también puede amplificarse mediante una reducción del voto cruzado («split-voting») en sistemas proporcionales donde predomina la lista como forma de la candidatura, especialmente la lista cerrada, y los partidos que apoyan a los candidatos presidenciales se presentan a sí mismos como los «equipos» responsables y disciplinados encargados de poner en práctica la política del futuro presidente, y alejados de las divisiones internas. Por su parte, las listas abiertas son más comunes con otros tipos de ciclos electorales y sólo de modo reciente se ha intentado la combinación entre un ciclo de elecciones conjuntas con elecciones de mayoría relativa a la presidencia y alguna fórmula de listas más «abiertas» como en Venezuela (1993) y Bolivia (1997), donde se implantaron distintas variantes de la representación proporcional personalizada.

Efectos de arrastre en partidos de distinto tamaño

A nivel de las elites políticas, los efectos del ciclo electoral plantean problemas estratégicos de diverso orden que abarcan a los diferentes partidos. Para las formaciones más grandes, en particular las de origen de los candidatos a la presidencia, la postulación de sus líderes les concede una cierta preeminencia o ventaja respecto al resto de los grupos que integran su coalición electoral. Desde el punto de vista de la representación parlamentaria, estos partidos incluso experimentan un notable crecimiento en su apoyo en relación con otros procesos electorales, anteriores y posteriores, en los que ninguno de sus líderes encabeza la candidatura presidencial. En este caso, cuando el candidato de la alianza pertenece a un partido menor, podría plantearse un serio problema durante su mandato si la coalición se desintegra y los socios más importantes se retiran de toda responsabilidad gubernamental. También las tensiones para encajar el liderazgo de un político de un partido distinto pueden suponer una grave amenaza para la unidad de estas coaliciones en la fase preelectoral y este riesgo aumenta si se extiende la sensación de que la alianza beneficia de una manera desproporcionada los intereses de los partidos a los que pertenecen los candidatos presidenciales.

Los partidos más pequeños, que no desean formar parte de una alianza con otras fuerzas políticas y apoyar a un candidato presidencial común por temor a la asimilación, o por tratarse de extremistas renuentes a colaborar con los moderados de su lado del espectro político, también se enfrentan a un dilema. Si presentan su propio candidato a la elección presidencial pueden atraer una mayor atención y más votos y mostrarse como una alternativa real a medio o largo plazo, con serias posibilidades de ganar el poder ejecutivo en el futuro, o jugar a convertirse de manera inmediata en una opción capaz de influir en la política del futuro presidente, en el caso de que su partido no obtenga una mayoría de los bancos parlamentarios y se vea forzado a formar una coalición estable en el Congreso. Esta opción les permite apelar a sus votantes con una mayor libertad que si tuvieran que asumir el compromiso de prestar su apoyo al líder de alguno de los restantes partidos y persuadir a sus electores de la conveniencia de formular un voto cruzado. El problema para esta línea de acción es que, al proponer un candidato propio, se corre el riesgo de interferir en la campaña reduciendo el potencial para obtener votos de otros candidatos afines y con un cierto atractivo entre sus electores y decantando el resultado final de un modo involuntario a favor de algún candidato al que rechazan tajantemente. Cuanto más estrecha sea la competencia por el triunfo en las elecciones presidenciales, mayores serán las presiones para retirarse de la carrera, un contexto que hará más fácil para sus votantes aceptar la idea del «split-voting». Si los líderes políticos toman las decisiones adecuadas bajo todos estos condicionamientos y responden a la estructura de incentivos de los efectos de arrastre del ciclo electoral, actuando como actores racionales que buscan la maximización de las ventajas y ganancias que este mecanismo ofrece, tal vez un formato cercano al bipartidismo sea previsible, aunque este resultado no es fácil en la medida en que la interacción de los diversos procesos electorales es compleja, implica diversos planos y a múltiples participantes, y no es posible descartar como probables otros cursos de acción.

Ejemplos

Si se excluyen los dos casos que más se acercan al bipartidismo puro, Honduras y República Dominicana, los ejemplos más significativos del efecto de arrastre han sido Costa Rica, Uruguay o Venezuela, que funcionan o han funcionado con sistemas de dos partidos y medio o más, aunque Venezuela tuvo un sistema casi bipartidista hasta 1993 y Uruguay abandonó su tradicional formato bipartidista en los años noventa. Podría discutirse también si Bolivia, donde las elecciones parlamentarias coinciden con la elección presidencial, pertenece a este grupo, pese a su sistema singular de elección de presidentes, que, en muchos aspectos, se parece más a algunos sistemas presidenciales con ciclos de elecciones simultáneas y doble vuelta mayoritaria que al tipo de formato que propicia el efecto de arrastre.

Véase también

Bibliografía

  • Crespo, I. y Garrido, A. y Riorda, M. (2008): La conquista del poder. Elecciones y campañas presidenciales en América Latina. Buenos Aires: La Crujía.
  • Nohlen, D. (Ed.) (2005): Elections in the Americas: A Data Handbook. Oxford: Oxford University Press.

Referencias

  1. Carey, J. M. (1994): «Los efectos del ciclo electoral sobre el sistema de partidos y el respaldo parlamentario al ejecutivo». Estudios Públicos, 55: 305-314.
  2. Nohlen, D. (2004): Sistemas electorales y partidos políticos. México: FCE.
  3. Sartori, G. (1994): Comparative Constitutional Engineering. An Inquiry into Structures, Incentives and Outcomes. Houndmills: Macmillan.
  4. Shugart, M. S. y Carey, J. M. (1992): Presidents and Assemblies: Constitutional Design and Electoral Dynamics. Cambridge: Cambridge University Press.
  5. Crespo, I. y Garrido, A. (2008): Elecciones y sistemas electorales presidenciales en América Latina. México: Porrúa.

Autor de esta voz

Antonio Garrido