Voto estratégico (voto útil)

De WIKIALICE
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Se define a partir de la Ley Duverger que estipuló que «el sistema de mayoría de una sola vuelta favorece el bipartidismo», así como «el sistema de mayoría con segunda vuelta y el sistema de representación proporcional favorecen el multipartidismo». Además del factor psicológico –el deseo de los electores de no emitir un «voto desperdiciado»–, (Duverger; 1954)[1], el voto estratégico sería una respuesta a la pregunta ¿por qué los votantes, en los distritos uninominales (donde cada uno puede emitir un solo voto y el candidato con más votos gana) tienden a concentrar los sufragios únicamente en dos candidatos?

Partiendo de la premisa de que las auténticas elecciones presidenciales implican una elevada concentración y coordinación que reduzca el número de competidores electorales, lo que necesariamente conlleva la selección de los competidores que habrán de sobrevivir (una selección cuyos efectos políticos son potencialmente significativos), la ciencia política ha estudiado los sistemas de votación (reglas electorales) y el posible efecto restrictivo de las mismas sobre el número de candidatos en competencia (Sartori, 1999[2]; Lijphart, 2000[3]; Taagapera y Shugart; 1989[4]).

Es importante reconocer que no existe un consenso al respecto, y las alternativas van desde el fuerte efecto restrictivo (Equilibrio de Duverger) hasta el continuum de Sartori (todos las reglas electorales tienen a producir diversos niveles de voto estratégico, incluida la representación proporcional).

El voto estratégico, en una elección con mayoría relativa, significa votar por un candidato que uno cree que es más fuerte, aunque no este dentro de las primeras preferencias, y no por el candidato situado entre las primeras preferencias pero que uno considera más débil (Cox; 2004)[5].

Aquellos votantes con información acerca de las preferencias de los demás pueden dar menos puntos de lo que correspondería a su sincera preferencia y más puntos a alternativas rivales con altas probabilidades de ganar, deformando así las preferencias de los votantes (Riker y Niemi, 1991[6]; Colomer, 2004: 67[7]).

Este modelo de voto estratégico basado en el Equilibrio de Duverger implica que todos los terceros partidos verán reducido su apoyo a 0 (nulo) y un único finalista, está basado en un modelo teórico formal, y donde cada elector emite un voto único exclusivo que caracteriza sus preferencias entre los candidatos, sus creencias acerca de las preferencias de los otros votantes y sus expectativas sobre el probable resultado de la elección (Cox; 2004, 98-ss)[5].

Según el autor, cuatro presupuestos técnicos son importantes para que se de el voto estratégico:

  • Teorema 1:
    • Los candidatos rezagados se verían reducidos, no a un apoyo cero, sino a su apoyo «incondicional»; es decir, a quienes opinaban que los dos primeros finalistas eran igualmente malas alternativas. En otras palabras, quienes apoyan al candidato 3 no lo abandonarán si clasifican de igual manera 1 y 2, pues en este caso no es preciso elegir entre ambos.
  • Teorema 2:
    • Todos los tipos de votantes están representados en el electorado. Cuanto más evidente es la victoria de un candidato determinado, menores serán las presiones para votar estratégicamente. Cuanto menos evidente es quién ganará, mayores serán las presiones para votar estratégicamente.
  • Teorema 3:
    • Todos los votantes serán instrumentalmente racionales orientados a afectar el resultado a corto plazo; es decir, estarán dispuestos a abandonar a los candidatos no finalistas o rezagados.
  • Teorema 4:
    • Las expectativas del votante sobre los resultado de la elección son racionales y correctas, dado el conocimiento común de la información sobre la identidad de los candidatos fuertes (con reales posibilidades de ganar) y débiles (con escasas o nulas posibilidades de ganar).

La información libre y pública correcta (sondeos de opinión, entrevistas de los candidatos, analistas políticos, etc.) que revele las potencialidades y posibilidades reales de cada candidato es importante para que el electorado instrumental orientado a afectar el resultado de la elección a corto plazo reorienten sus expectativas y preferencias hacia los candidatos fuertes, abandonando los candidatos rezagados.

Cuando los votantes no tienen información alguna sobre las posibilidades del candidato la votación será sincera, y no se supondrá que los candidatos a la zaga (excluidos del primer y segundo puesto) pierdan su apoyo instrumental.

Como se puede apreciar la condición de las expectativas racionales implica que las creencias de los votantes acerca de qué candidatos son más fuertes y cuáles más débiles generalmente serán acertadas. De este modo, el voto estratégico suele transferir los sufragios del candidato objetivamente más débil (con menos votos) al objetivamente más fuerte (con más votos), y el típico resultado de esa conversión es la declinación del «número efectivo de partidos».

Cox (2004)[5] reconoce que los fallos en reducir drásticamente los votos por el tercer partido podrían provenir de la presencia de votantes no instrumentalmente racionales en el corto plazo, así como la falta de información pública sobre las preferencias del votante y sus intenciones de votación (y, por tanto, sobre qué candidato quedarán probablemente fuera de competencia), la creencia pública de que un candidato ganará con certeza, o la presencia de múltiples electores interesados sólo en su primera opción e indiferentes entre la segunda y las siguientes opciones.

Véase también

Referencias

  1. Duverger, M. (1954): Political Parties, Nueva York: Wiley.
  2. Sartori, G. (1999): Partidos y Sistemas de partidos, España: Alianza Editorial.
  3. Lijphart, A. (2000): Modelos de democracia. Formas de gobiernos y resultados en treinta y seis países, Barcelona: Ariel.
  4. Taagapera y Shugart (1989): Seats and Votes: the effects and determinants of Electoral Systems, Yale University Press.
  5. 5,0 5,1 5,2 Cox, G. W. (2004), La coordinación estratégica de los sistemas electorales del mundo. Hacer que los votos cuenten, Gedisa, Barcelona.
  6. Riker, W. y Niemi, R.G (1991): «La elección de los sistemas de votación». En J. Colomer: Lecturas de Teoría Política Positiva, Madrid: Instituto Estudios Fiscales.
  7. Colomer, J. (2004): Cómo votamos. Los sistemas electorales del mundo: pasado, presente y futuro, Barcelona: Gedisa.


Autor de esta voz

Carlos Manuel Rodríguez Arechavaleta