Mito de gobierno

De WIKIALICE
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Hace referencia al proyecto general del gobierno una vez que ha sido apropiado por la ciudadanía. Visión general, proyecto general de gobierno, norte estratégico, rumbo de gobierno, grandes lineamientos, orientación estratégica, aluden a lo mismo; sin embargo, el concepto de mito los incluye y más aún, trasciende, en tanto que representa exactamente lo mismo que los sinónimos descriptos, sólo que incluye la condición de apropiación desde la ciudadanía» (Riorda, 2006a: 36)[1]. El mito de gobierno es la herramienta de la comunicación gubernamental que permite crear consensos, en tanto que vincula al ciudadano con el gobierno y lo hace sentir parte de él (Edelman, 1991)[2].

El mito de gobierno es, en comunicación política, un elemento unificador que simboliza la dirección, la voluntad y la justificación de las políticas (Riorda, 2006b). En el plano discursivo es utilizado por los presidentes para justificar sus acciones e inacciones, es decir su creación de la realidad que sustenta su objetivo político para construir un universo común de sentidos (Riorda, 2006a: 37)[1].

Marco teórico

Como objeto de estudio, es abordado desde distintas disciplinas y/o teorías científicas (Ávila Nieto, 2012)[3]. En el campo de la psicología se aplica como «la autointerpretación de nuestra identidad en relación con el mundo exterior, (es) el relato que unifica nuestra sociedad».

En el campo del lenguaje y de la semiología, «el mito es un habla» por lo tanto, un elemento vacío, una forma que debe ser «llenada» por un nuevo significado, y le agrega al mito el valor de constituir un sistema de comunicación, y «el mito no se define por el objeto de su mensaje, sino por la forma en que se lo profiere»(Barthes, 1970)[4].

En el campo de la comunicación política, el mito es un mundo coherente y autosuficiente de formas simbólicas. Se lo describe como un conjunto de «elementos artificiales fabricados por hábiles artesanos» (Cassirer, 1963)[5].

Se emparenta con la visión del estructuralismo, donde el hacedor de mitos los construye de los relatos de eventos como «evidencia fosilizada de la historia de un individuo o una sociedad», por ende, la construcción del mito es un proceso de «bricolaje» artesanal donde el significado no radica en el elemento aislado, que forma parte de la composición de un mito, sino sólo en la forma en que esos elementos se combinan. (Lévi-Strauss, 1968)[6]. El mito adquiere la misma categoría que el lenguaje.

Si bien la condición de significación vía el lenguaje es su esencia, el mito es interaccional y difícilmente salga exclusivamente de la cabeza de un individuo aislado, pues las proposiciones se van estructurando como una creación social (Edelman, 1991: 124)[2].

El concepto

El mito de gobierno es la comunicación de tipo simbólico que tiene la función de generar esperanza y que, una vez instalada, puede alimentarse a sí misma siempre y cuando exista coherencia entre la narrativa esbozada y las políticas públicas implementadas que, aunque en términos de demanda no sean perfectas o no generen satisfacción ciudadana plena, sean vistas como contributivas al direccionamiento que el mito esboza.

Es una herramienta de comunicación simbólica «que debe ser de uso regular y constante en la construcción de sentido social y político» (Riorda, 2006b: 28)[7] para la existencia y el mantenimiento del consenso social y la legitimidad del gobierno.

Se trata de una referencia breve que representa el pasado y presente de un país (o región o ciudad), pero que implica también una conjunción con el devenir futuro como modo de activar una sociedad. Su alcance persuasivo y argumental no es ilimitado, sino que se circunscribe a los ámbitos de lo verosímil, lo plausible y lo probable.

Representa «el ejercicio coherente de lo propuesto discursivamente como contrato de gestión en la faz electoral y la actualización de lo mejorable o aggiornable de ese contrato, una vez que se es gobierno» (Riorda, 2006a: 41)[1].

Es la reedificación del objeto de la acción política, por lo que no deja de significar una cosificación y homogeneización mediante la cual se simplifica todo referente y se trazan explicaciones, consecuencias y caminos deseables para todos, tratando de lograr comunidad desde el campo simbólico, desde una serie de propuestas discursivas que hagan ver la realidad de una determinada manera a la mayor cantidad de personas, con un desarrollo que parte desde el pasado, atravesando el presente (Ruiz Ballesteros, 2000)[8].

Discursivamente es breve porque «no constituye un compendio de todas las políticas públicas y valores que lo sustentan, como puede serlo una propuesta electoral» (Riorda, 2006a: 44)[1] y tiene siempre una fuerte carga ideológica desde la cual se clausuran los sentidos sociales que permitirán alcanzar y/o mantener el consenso y la legitimidad de un gobierno.

Supone una importante combinación de hechos y valores, algunos apelando a la más pura emotividad, pero otros marcados con la inmediatez de lo cotidiano y racional para una buena gestión. Presupone que la visión del devenir político de un gobierno, debe no estar tan guiada por la actualidad de los hechos sino por la narrativa del mito de gobierno. Es la «metapolítica», el «núcleo», lo que permanece mucho más rígido, con menor variabilidad, lo que no quiere decir inmutable (Riorda, 2006b)[7].

Sin embargo, el ciudadano puede integrar las noticias temáticas del día a día, con su narrativa vital, y por otro lado, el gobernante logra integrar en términos de sentido, las acciones del día a día, con el ciclo largo que constituye su rumbo.

Es racional, porque el hombre con su imaginación lo formaliza como relato, como historia o como teoría. Es emoción, porque da sentido, calma la desesperación, atenúa la ansiedad y posibilita el manejo de las contradicciones de la cotidianeidad. Es voluntad, porque el mito moviliza, estimula la acción, fortalece las decisiones y justifica las realizaciones (Donoso Torres, 1999)[9].

Da lugar a propagandas de integración y esto es sinónimo de construcción de consenso, aunque hay que considerar el papel de los factores que están en juego, así como los modos de interpretación, y los esquemas mentales a través de los cuales estas experiencias son vividas. Esta tarea, es esencialmente la acción directa que le compete al gobierno desde la comunicación y como propulsor del mito (Riorda, 2006a)[1]. Los mitos de gobierno son una sucesión, una secuencia de imágenes, por lo que difícilmente se los pueda tomar analíticamente como fraccionados; si bien los mitos son polimorfos, tienen un carácter restringido y limitado en su creatividad (Riorda 2006a[1]). Implícitamente representan una promesa de hilo conductor que produce «constelaciones mitológicas», siempre estructuradas en torno a un mismo tema y reunidas en torno a un núcleo central y en donde más allá de variantes, diversidad posible de formulación, incluso de contradicciones aparentes, hay siempre remisión a los mismos símbolos, las mismas palabras (Girardet, 1999)[10].

Su complejidad va de la mano del hecho de su «naturaleza marcadamente multidimensional», más allá de los esfuerzos de simplificación. Siempre está abierto y nunca cerrado, por lo que de gestión a gestión, si perdura, puede sufrir variaciones, y ello obviamente está en su esencia» (Riorda, 2006b: 29)[7]. No puede ser un lanzamiento aislado y lleva años en solidificarse. Ello implica, no que se deba partir de cero, sino por el contrario, que sea la garantía del respeto y cierta continuidad de lo que se viene haciendo, aún en lógica correctiva, mejorativa o superadora (Riorda, 2006b)[7].

Riesgos o peligros del uso del mito

Para el mito, según sea el nivel de aprobación de un gobierno, será su propia fuerza de propagación: a alto consenso del gobernante, mitos que corren positivamente a favor del gobierno; a bajos consensos del gobernante; mitos que corren negativamente en dirección opuesta al gobernante; a consensos divididos, mitos que corren tanto positiva como negativamente a favor o en contra del gobierno». Los consensos y la dirección del mito, se constituyen en la fuente que origina las adjetivaciones dominantes de un gobierno: dinámico, moderno, corrupto, honesto, inoperante, clientelar, feudal, lento, duro, hegemónico, etc. (Riorda, 2006a). Las adjetivaciones pueden poner en jaque, tanto al propio gobierno, como al mito mismo, pero en verdad no hay opciones intermedias a este riesgo, pues elproblema es del gobierno y no del mito. Muchas veces el origen de ese estado de cosas, cuando son negativas, puede ser precisamente la ausencia de un mito, o bien, la poca interrelación entre un mito y las acciones incrementales.

Otro riesgo está asociado al uso de ficciones, «muchas veces necesarias como única materia prima para construir argumentos innovadores o contra-argumentos» (Riorda, 2006 b: 35)[7]. En dicho sentido, son maneras de hacer entender lo nuevo para hacerlo más familiar y poder añadir más sentido persuasivo. Y «mientras más audaz es la ficción, más capaz parece de captar la atención y de desarrollar su propio impulso intelectual» (Riorda, 2006b: 35)[7]. Las raíces constitucionales de los Estados, las políticas económicas, las teorías de relaciones internacionales y muchos otros argumentos de políticas, sirven a los gobiernos y son algunos de los innumerables ejemplos de ficciones (Hood y Jackson,1997)[11]. El problema radica en el abuso del uso de estas ficciones.

La amplificación o exageración de hechos o atributos que muchos tienen, pero que nadie comunica (explota en términos de uso retórico), es un tercer tipo de riesgo, es un modo que suele cuestionarse, pues existe una apropiación de una diferencia que en realidad no es tal (León, 1993)[12]. No se condena su uso cuando se destacan o potencian valores mejorativos que inciten a ser apoyados y sirvan a los efectos de ser motores activadores en la búsqueda del consenso. La exageración o los valores difíciles de confirmar se encuentran siempre centrados en una subjetividad absoluta o en confirmaciones objetivas que todos los días muestran recurrentes excepciones. Muchas de las exageraciones pueden presentarse como sobreimplificaciones y motivar la aparición de lógicas binarias, dicotómicas, con la necesidad de ubicarse de un bando o del otro.

Véase también

Referencias

  1. 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 1,5 Riorda, M. (2006a): «Hacia un modelo de comunicación gubernamental para el consenso» en Elizalde, L.; Fernández Pedemonte, D. y Riorda, M.: La Construcción del Consenso: Gestión de la Comunicación Gubernamental, Buenos Aires: La Crujía. Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre «Riorda, Mario (2006a)» está definido varias veces con contenidos diferentes Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre «Riorda, Mario (2006a)» está definido varias veces con contenidos diferentes
  2. 2,0 2,1 Edelman, M. (1991): La construcción del espectáculo político, Buenos Aires: Editorial Manantial.
  3. Ávila Nieto, C. (2012): «El mito como elemento estratégico de comunicación política: aplicación del modelo de Barthes al caso ecuatoriano», Cuadernos de Información, 31, 139-150. DOI: 10.7764/cdi 31.447
  4. Barthes, R. (1970): Mitologías. Buenos Aires: Siglo XXI.
  5. Cassirer, E. (1963): The Myth of the State, Londres: Yale University Press.
  6. Lévi-Strauss, C. (1968): The savage mind. Londres, Weidenfeld and Nicolson.
  7. 7,0 7,1 7,2 7,3 7,4 7,5 Riorda, M. (2006b): «Los mitos de gobierno. Una visión desde la comunicación gubernamental», Hologramática, Facultad de Ciencias Sociales, UNLZ, Año III, n.º 4, vol. 2: 21-45 Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre «Riorda, Mario (2006b)» está definido varias veces con contenidos diferentes Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre «Riorda, Mario (2006b)» está definido varias veces con contenidos diferentes Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre «Riorda, Mario (2006b)» está definido varias veces con contenidos diferentes Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; el nombre «Riorda, Mario (2006b)» está definido varias veces con contenidos diferentes
  8. Ruiz Ballesteros, E. (2000): Construcción simbólica de la ciudad. Política local y localismo, Madrid: Miño y Dávila Editores.
  9. Donoso Torres, R. (1999). Mito y Educación, Buenos Aires: Espacio Editorial.
  10. Girardet, R. (1999): Mitos y Mitologías Políticas, Buenos Aires: Editorial Nueva Visión.
  11. Hood, C. y Jackson, M. (1997): La Argumentación Administrativa, México: Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública, A.C.: Universidad Autónoma de Coahuila, Fondo de Cultura Económica.
  12. León, J. L. (1993): Persuasión de masas. Psicología y efectos de las comunicaciones sociopolíticas y comerciales, Buenos Aires: Ediciones Deusto.


Autor de esta voz

Mario Riorda